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sábado, 8 de enero de 2011

EL PODER POPULAR



“Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”. Todos conocemos casi de memoria esta extraordinaria frase de Artigas, pronunciada en el excelente discurso con el cual abrió la Asamblea del Congreso de Tres Cruces en 1813. Leí hace poco el trabajo de un historiador, que relataba la siguiente anécdota. Artigas entra a la sala donde sesionaba el congreso desarmado, como un ciudadano más, despojándose de esa forma del atributo de poder que los delegados habían puesto en sus manos. Asimismo declara en esa pieza oratoria inaugural, que a pesar de tener todos los atributos de poder que el mismo pueblo le confiara, entiende que hay decisiones que van más allá de su criterio personal y por eso convoca al pueblo, representado por sus delegados, para que asuma esa responsabilidad haciendo uso del poder a través de un acto de democracia directa.
Queda expresado de esa forma clara y contundente el concepto real de PODER POPULAR.
Que se interrumpe en nuestra historia, adelantada al resto de América en ese sentido, en el momento que Artigas, derrotado militarmente, se exilia en el Paraguay.
Poder que de ahí en más será usurpado por caudillos de toda laya, traidores por acción y por omisión, manejados por los imperios de turno. De ese modo vemos desfilar caudillos que usurpan ese poder en forma personal hasta la realidad actual donde ese caudillismo ha sido reemplazado por los partidos políticos tal cual los conocemos que le ponen una pátina democrática a lo que en realidad no es más que la continuidad de esa usurpación del poder popular, mediante el engaño que representa un proceso electoral que impide que el pueblo se manifieste fuera de las opciones que la clase dominante le propone.
La situación actual pone sobre el tapete nuevamente la definición de que y como es el poder popular y de que manera podemos retomar esa senda que para nosotros se tronchó con la derrota artiguista, es decir el pleno ejercicio del poder hoy en manos de la clase enemiga, la burguesía. Por el momento, sólo ella tiene muy en claro la forma de seguir detentando el poder, condición indispensable para seguir explotándonos en beneficio propio. Es así, que dependiendo de la situación histórica apela a todos los medios a su alcance. Si la resistencia se torna problemática no duda en apelar  a cualquier método violento para ahogar en sangre si es preciso esa resistencia. Y cuando no se hace necesaria la violencia directa se viste de ropaje “democrático” y hasta permite a conspicuos personajes y organizaciones que la combatieron violentamente, ejercer alguna gerencia administrativa de sus intereses con el pomposo nombre de gobiernos progresistas y hasta de izquierda. El cono sur de nuestra América es una prueba palpable y que no admite discusión. Estos personajes y organizaciones cooptados convenientemente, continúan haciendo el trabajo sucio que ya los partidos burgueses y sus gendarmes no pueden hacer sin pagar por ello altos costos políticos e implantar en el pueblo la idea de la lucha directa por el poder. Todo ello sin perjuicio de que, si a alguno de estos apóstatas tuviera la peregrina idea de salirse del libreto que le imponen, el imperio no tiene empacho en barrerlo de la faz de la tierra “a la antigua”, es decir a puro garrotazo. Honduras y su pueblo están ahora pasando por la experiencia.    
Ante este estado de cosas, el pueblo permanece desconcertado frente a las propuestas que, incluso los que honestamente pelean por los cambios sociales, ponen en su consideración. Contribuyen en grado sumo a ese desconcierto y descreimiento popular los partidos políticos y asociaciones paralelas. Autodenominados progresistas, de izquierda, de auténtica izquierda, revolucionarios, vanguardias indiscutidas de la clase obrera, y todos los etcs. que andan dando vuelta por ahí. Algunos concientemente, otros aún guiados por su buena fe, con convicciones y procedimientos anquilosados y totalmente superados por el momento histórico. Pero todos funcionales al mantenimiento del status quo del sistema de opresión y explotación que representa el capitalismo. Que lenta, pero seguramente nos va arrimando al límite de lo humanamente soportable. Cuando se traspase ese límite, sobrevendrá la consiguiente explosión que, en el estado de organización popular actual será fácilmente liquidada. Ya lo tienen calculado. Siempre lo han tenido.
Surgen entonces dos preguntas cruciales. Dos preguntas de cuyas respuestas depende todo el futuro de la sociedad. Dicho sin tremendismos proselitistas ni nada parecido. Simple análisis. Primero: ¿QUE HACER?. Segundo: ¿COMO HACERLO?
Las respuestas pueden llenar manuales teóricos que pocos entenderían cuando en el momento lo que urge es implementar líneas de acción. Eso no significa el desprecio por la teoría. “Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”. Pero sin la relación dialéctica con la acción, la teoría deviene en letra muerta. Entonces, sintéticamente, la respuesta a la primer pregunta,(¿Qué HACER?), es: liberarse de una vez y para siempre de los partidos políticos tomados como organizaciones cuya función es organizar políticamente a la masa del pueblo. No hay otro camino posible en las actuales circunstancias. La permanencia en ellos divide, no sólo a la masa, sino a quienes por su militancia han avanzado en su conciencia de clase. Es esta militancia ya despojada de sus sentimientos partidarios, la que motorizará el siguiente paso del proceso rumbo a la recuperación del poder estableciendo las bases del poder popular dando respuesta a la segunda pregunta, ¿COMO LO HACEMOS?.
Aquí es donde se abre un amplio abanico de posibilidades, que la realidad del día a día en la lucha puede ir trasformando y adaptando tácticamente en pos de cumplir con la estrategia. Pero ese abanico debe cumplir con algunas reglas básicas y comunes a todas las posibilidades.
Primero: debe aglutinar a la gente alrededor de problemas y necesidades comunes, aunque parezcan sin importancia para el resto de la sociedad. Muy pocos están dispuestos a defender a ultranza situaciones que no le llegan directamente. Democracia, libertad, soberanía, derechos humanos,  imperialismo, lucha de clases, socialismo, son, entre otros, conceptos que necesitan un determinado nivel de abstracción del pensamiento para entenderlos adecuadamente. Hoy por hoy, ni siquiera quienes hemos adquirido aunque más no sea una pequeña parte de esa abstracción tenemos demasiado tiempo para dedicarle, siendo nuestra principal preocupación el que vamos a comer mañana y como vamos a conseguirlo. Estas agrupaciones de vecinos deben darse dentro del marco de su territorio que es donde viven y mejor conocen sus falencias. Algunas serán específicas; otras coincidirán con el resto de la sociedad. Pero a la hora de buscar soluciones y defenderlas, la territorialidad es fundamental pues se trata de la defensa del habitat cotidiano. 
Segundo: activa participación de todos los integrantes del grupo tanto en la elaboración como en la toma de decisiones. Esto puede llegar a hacer más lento el proceso, pero a la hora de defender esa decisión tendremos una fuerza homogénea dispuesta a defenderla y llevarla adelante.
Tercero: organización. Al revés de lo que estamos acostumbrados debe tener la forma de una pirámide invertida. La suma del poder está en la base y quienes deban asumir, por razones prácticas de funcionamiento el vértice de esa pirámide serán simples ejecutores de las decisiones de la base y responderán ante ella por su comportamiento. Es de primordial importancia que estas organizaciones no tengan nada que ver con ningún estamento del estado. Deben ser totalmente autónomas y autogestionarias. Es la condición necesaria para ir construyendo un poder alternativo y cuando llegue el momento disputárselo a ese Estado que no es nada más que una organización de la clase dominante utilizada para sus fines de dominio sobre las clases populares.
Cuarto: coordinación. Una vez establecidas estas organizaciones populares se deben dar por lo menos dos instancias de coordinación. Una entre organizaciones dedicadas a temas específicos, (alimentación, vivienda, salud, educación, ecología, etc.). una vez conformadas esas agrupaciones por rubro éstas  debieran coordinar en una instancia superior donde se pudiera visualizar el estado global de la sociedad y como intervenir coordinadamente para resolver los problemas específicos. Todo ello, insisto, por supuesto con prescindencia absoluta de la ingerencia estatal y seguramente en contra de ese poder estatal. Se constituye de esa forma y a través de esa organización política del pueblo la construcción del PODER POPULAR, que a su debido momento entrará en contradicción con el poder estatal, que no es otro que el poder de la clase dominante. Pero eso es otra fase del movimiento revolucionario al cual todavía no hemos arribado y que merece ser tratado en particular.
Todo lo expresado sobre el tema del poder popular no pretende ser un manual que se debe seguir a pie juntillas. Tal cosa sería de una presunción y altivez execrables. Es más bien fruto de experiencias vividas personalmente y al trabajo de andar hurgando en experiencias de otros países y de otros compañeros que han hecho y están haciendo las suyas. Sólo pretenden humildemente presentar grandes lineamientos para la acción. Todo es discutible, y sería todo un logro que se discutiera al menos, todo es modificable y adaptable a una realidad que está cambiando casi constantemente, siguiendo el proceso de descomposición acelerado por las propias leyes del sistema capitalista. Esa y no otra ha sido la intención de estas modestas líneas.

   
 CHE CACHO 



ARGENTINAZO 2001
GASOLINAZO - BOLIVIA- LA SEMANA PASADA.

viernes, 7 de enero de 2011

¿POR QUE? - MEMORIAS DE UN PERDEDOR



CAPITULO 31

LOS ABUELOS (3)

De la abuela María tampoco tengo muchos recuerdos. Es parte del déficit de que hablé antes y que ahora me duele porque no puedo hacer nada para remediarlo. Del pasado allá en su Marín natal nos habló una vez. De cómo las mozas de su edad, (supuse adolescentes), se ponían sus mejores ropas para ir a bailar jotas gallegas y muñeiras en la plaza de la aldea con los mozos del pueblo. Nos enseñó una canción en  su lengua, el galaico, que jamás olvidé. Fonéticamente  sonaba  más o menos así: “ya fuy a Marín, ya pashei u mar, ya comi naranshas de teu naranshal. “ No presté atención en ese momento, era muy chico todavía, pero no se me borró su cara ni la expresión de sus ojos cuando nos cantaba esa canción ni cuando nos refería historias de su aldea. Se entusiasmaba además cuando le contábamos que todos los domingos escuchábamos en la radio, CX 36, una audición de la colectividad gallega: Sempre en Galicia se llamaba y recuerdo patente que el locutor empezaba la trasmisión con un ¡ BON DIA GALEGOS! Ella también la escuchaba infaltablemente y era como un puente que nos unía aunque no entendíamos un carajo de lo que allí se decía. Apenas si podíamos distinguir  una jota de una muñeira. Hasta que tuve tres o cuatro años vivía a la vuelta prácticamente de la casa de los abuelos paternos. Y sin embargo nuestras vidas estaban distantes. Solo nos veíamos muy de tanto en tanto. Nunca nos hablaron de porque eran así las cosas. Cuatro de mis nietos, dos por cada melliza, viven en el barrio y están prácticamente todas las tardes en casa. Son chicos todavía y alborotan tanto la casa, que por momentos uno piensa que mejor sería que un tsunami nos pasara por encima, pero si pasan más de dos días sin aparecer los extrañamos como si hiciera años que no los vemos. No tengo mucha experiencia como abuelo. Por cosas de la vida mis otros nietos se criaron y se están criando sin verme y uno o dos de ellos ni saben que existo. Por eso calculo que el hecho de que mis abuelos paternos estuvieran tan alejados viviendo tan cerca, se debió a alguna bronca familiar entre ambas familias que nos privó de su presencia en esos años en que más la precisábamos.
Andaba por el barrio un afilador con su antigua máquina con una enorme piedra movida a pedal, y anunciando sus servicios con una flauta típica que usaban los de su oficio callejero que en esas épocas se usaban bastante. Siempre había un cuchillo o una tijera que necesitaba una afilada y los vecinos recurrían a sus servicios domiciliarios. Forma también parte de mis primeros recuerdos. Viejo, como de 60 años, físico esmirriado, pantalón y camisa de trabajo azules, alpargatas, faja negra en la cintura y la infaltable boina azul. Agapito se llamaba y también era gallego. Cada vez que pasaba y de casualidad se cruzaba con la abuela se saludaban y cruzaban algunas palabras en galaico por supuesto. Fray Bentos, la calle donde yo vivía era de tierra todavía y Vera la calle donde vivían los abuelos, que la cruzaba, también. De modo que los gurises andábamos a piacere sin el peligro que podía representar el tránsito. Un día andaba Agapito en su recorrida y al sentir la flauta vino la abuela con algo para afilar. Agapito hacía su trabajo a conciencia y parsimoniosamente. Hoy día con las amoladoras eléctricas un afilado puede llevar unos minutos. Pero la piedra movida a tracción a sangre de los afiladores de entonces, sumado al empeño artesanal que ponía el afilador estiraba bastante los tiempos. La conversa entre él y mi abuela surgió naturalmente. Yo estaba por allí jugueteando a su alrededor y obviamente no entendí un carajo de lo que decían en su musical lengua de origen.
Podrán creerme o no. Poco importa. Pero a pesar de mis tres años vi en el rostro y los ojos de mi abuela y en los de Agapito el afilador la misma expresión que le veía a la abuela cuando nos cantaba la canción en su idioma. Supe, sin saberlo todavía que es la morriña gallega. El sentimiento que siente un gallego cuando lo han desarraigado de su tierra. Que no es el saudade brasilero, ni nuestra nostalgia. Es algo más profundo, como un dolor contenido, con algo de irremediable, con algo que se ha roto muy adentro, y un llorar eterno en el interior del alma.
No lo entendí en aquel momento. No hubiera podido por más que hubiera querido.
A lo mejor era premonitorio. No puede entender el desarraigo quien no ha sido desarraigado.
Recién después que pasé a integrar esa triste columna de los sin tierra, de los sin lugar, pude llegar a entender lo que pasaba por el alma de aquellos dos gallegos que aunque sea por un momento volvían mentalmente a sus terruños. Fue el recuerdo más significativo y el que me ha acompañado toda la vida de la abuela María. Rescaté por ahí una postal de navidad que nos enviara a los nietos. Está escrita de su puño y letra y la guardo como un tesoro invaluable.
Después de la muerte del hijo mayor y del abuelo comenzó a apagarse y poco tiempo después murió.
¿Murió?
El Viejo la adoraba y adoraba su recuerdo y sus últimas palabras, (murió en  mis brazos practicamente), estando ya inconciente fueron: YA VOY VIEJA. Y  se fué. 


jueves, 6 de enero de 2011

¿POR QUE? - MEMORIAS DE UN PERDEDOR


CAPITULO 30
LOS ABUELOS (2)
Le debo a la Argentina el orgullo de ser uruguayo. Más bien a las periódicas sudestadas que sacuden sobretodo al sur de la provincia de Buenos Aires y que hasta ahora siguen causando estragos gracias a la tradicional impericia y falta de interés en el pobrerío, que generalmente habita esa zona, de cuanto funcionario ha pasado este último siglo al menos por el gobierno. Sin distinciones de ningún tenor.
Sucede que mi bisabuelo, cubano por nacimiento, (nació en la Habana cuando Cuba todavía era posesión española), decidió un buen día radicarse en su patria: España. Hacia allí marchó y recaló en Galicia. Marín, una aldea cercana a Vigo fue el lugar elegido. Crió allí a su familia. De mi bisabuela no tengo ningún dato. Quizás murió dejándole cuatro hijos. Que son al menos los que yo conocí. Juan, Leonor. Ana y la que a la postre devino en mi abuela, María. Curiosamente, nunca me dijeron, o si me lo dijeron era muy chico y lo olvidé, el nombre de mi bisabuelo. Sólo su apellido. Era de profesión sastre y ayudado por sus hijas ya adolescentes se ganaba la vida y el sostén de la familia con su profesión. Pero para esa época en España tenía un gran problema: era protestante. Pertenecía a la Iglesia Metodista y encima era pastor. Empezó a padecer persecución religiosa cada vez más violenta hasta que decidió, aunque se le rompiera el alma emigrar a algún lugar donde no corriera riesgo su vida y las de quienes lo rodeaban, solo por pensar diferente. La religión no solo era el opio de las pueblos. A veces también era el garrote. Así que parafraseando a Alberto Cortez, el bisabuelo y la abuela un día en un viejo barco se marcharon de España, dejando atrás la vieja aldea y sus queridos paisajes. Al tiempo varios de sus nietos hubimos de hacer lo mismo aunque en otras circunstancias. Eligieron a Buenos Aires como lugar de destino, más precisamente Quilmes. A fuerza de trabajo mi bisabuelo había logrado establecer un pequeño taller con varias máquinas de coser donde con el concurso de las hijas prosperaba en base a su profesión. Hasta que una sudestada inundó al taller, estropeó las máquinas y después de tantos esfuerzos quedó literalmente como había venido de España.
Entre las pocas cosas que me contó el Viejo acerca del bisabuelo me dijo que era un viejo muy cabrón. A pesar de su fe religiosa y de su pastorado. Caliente como gato en agosto y maldiciendo su suerte por haber elegido el lugar donde asentarse, juntó lo poco que pudo salvar del naufragio y cruzó el charco a probar suerte de nuevo. Con esa tozudez que por efectos del ADN nos aparece de tanto en tanto a sus descendientes. Logró rehacerse lo suficiente hasta que los hijos empezaron a noviar y casarse siguiendo el curso de la vida y cada uno armó su familia a su tiempo.
En lo que me concierne directamente, y a mis hermanos por tanto, apareció en escena el Abuelo Juan. Lamentablemente el Viejo nos dejó pocos datos sobre el abuelo. Por algunos datos sueltos que recuerdo, era un hijo de tano, con varios hermanos tal como se estilaba en esa época. Grandote, con un enorme vozarrón, y un corazón haciendo juego con tal vozarrón, que imponía respeto por su sola presencia. Con algún dejo de despotismo machista muy de tano. Pero como buen tano también su familia estaba por encima de todas las cosas. Era un verdadero “pater familis” romano. Los nietos por supuesto estábamos incluidos en su grupo familiar. Aunque en mi caso no tuvimos una relación muy fluida y nos visitábamos de tanto en tanto, siempre estaba pendiente de nosotros. Escribo estas líneas justo un 6 de enero. Todavía el esperpento extranjerizante que nos han metido por las narices, ese viejo boludo disfrazado de coca-cola, que nada tiene que ver con nuestras tradiciones más queridas, no había desembarcado por estos lares. Y esto era territorio exclusivo de los Tres Reyes Magos. Para mi abuelo era delito de lesa humanidad que un chico no tuviera juguetes en sus zapatos el 6 de enero y era capaz de gastarse lo que no tenía para que tuviéramos nuestros juguetes. Y mientras vivió hizo honor a ese sentimiento. Tradición que mantuvo el Viejo mientras le fue posible.
Le gustaba la quiniela y la lotería. Seguía al 5583 y un día le pegó a la grande. Toda su vida había sido chofer. Se jubiló precisamente de chofer de ómnibus. Y cumplió con el sueño de tener un coche, privilegio reservado a pocos en esa sociedad de aquel entonces. Tenía una suerte fuera de lo común para la quiniela.
En esa época solo se jugaba los martes y una sola. Incontables veces el Viejo, que siempre andaba más pelado que un ajo, iba a manguearlo sabedor que el abuelo no lo iba a largar duro. A él tampoco le sobraba nada así que le decía: vení el martes a la noche que algo habrá seguro. La boleta de quiniela era un cheque al portador los martes a la tarde.   Puede que alguna vez haya fallado, pero personalmente no recuerdo ninguna oportunidad, al menos en las que me tocó acompañar al Viejo a cobrar ese “cheque”. Fue la única persona que yo conozca que sacó a la quiniela después de muerto. Habían pasado unos días desde su muerte y mi abuela empezó a acondicionar toda su ropa para guardarla, cuando revisando el último pantalón que había usado encontró la consabida boleta de quiniela. Había sacado unos buenos pesos con el 61, uno de sus números favoritos. La boleta tenía fecha de uno o dos días después que el había fallecido. Es mi número favorito ahora, aunque de ese don no he heredado nada. Solo dos veces en mi vida le pegué a la quiniela.
Una sola vez acordamos que pasaría un día entero en casa de mis abuelos. Tenía  unos seis años. El viejo me dejó por la mañana y se fue. Durante el día estuvo todo bárbaro. Todas las atenciones de los abuelos eran para mí. Las pasé de maravillas junto al abuelo todo el día. La cosa fue a la noche. No podía dormir. Extrañaba la cama, el ambiente, todo; y por más que los abuelos se deshacían en atenciones y mimos, a eso de las dos de la mañana, me largué a llorar desconsoladamente, y el abuelo no tuvo más nada  que hacer que cargarme en el coche y llevarme de vuelta a casa de los viejos. Muchos años después, ya grande, lamenté en el alma el haber estropeado ese hermoso día.
En su condición de “pater familis”, no aceptaba que el Viejo eligiera un nombre para los hijos que iba teniendo. Todos los nacidos mientras el vivió tenemos dos nombres. Uno es el que él imponía sin discusión, el otro es el que ponía el Viejo. Como religiosamente  acompañaba al Viejo al Registro Civil hasta el cuarto de nosotros cumplió con ese ritual. Mi viejo era fanático, vaya a saber por que del nombre Sergio y quería que al menos uno de nosotros llevara el nombre de su gusto. Como se había decidido ponernos dos nombres, el otro estaba reservado a los gustos de la Vieja. Así cuando me inscribieron tuvo que relegar su gusto por el nombre de Sergio pues mi abuelo dispuso que como era el primogénito debería llamarme como él en su homenaje. El nombre que la Vieja había dispuesto era el de su hermano mayor, sobre quien deberé escribir necesariamente en algún momento por todo lo que significó para mi en mi vida. de modo que quedó conformado mi nombre Juan Ramón.
Cuando nació el segundo, se repitió el ritual. Como había nacido el día de la virgen,(15 de agosto) y a pesar de que el Viejo era ateo, por no sé que norma y por ser varón le pusieron Mario. Y así se iban a quedar las cosas a no ser por el tozudo de mi  abuelo. En su opinión no se concebía que un hijo varón no llevara el nombre de su padre. El Viejo se llamaba Oreste Rodolfo. Y como Mario Oreste era medio cacofónico le quedó Rodolfo. Quedó así nombrado el segundo vástago: Mario Rodolfo.
Tuvo que esperar el Viejo tres años para poder cumplir con su sueño de tener un hijo que se llamara Sergio. Cuando volvieron al ritual de la inscripción, y antes de que mi abuelo abriera la boca le tiró al actuario el nombre de Sergio y así fue inscripto. Pero mi abuelo no podía quedarse con la sangre en el ojo por haberse dejado primerear y le empezó a decir que por que no ponerle además Eduardo que era el nombre de uno de sus hermanos. Invadiendo territorio que no le correspondía, (el segundo nombre lo determinaba la Vieja o su familia), el Viejo hizo lugar a esa invasión y le puso Eduardo. Había comenzado la vida de Sergio Eduardo, “el tucho”. Vida que se tronchó siendo joven todavía y que hasta hoy lloramos.
Cuando llegó el cuarto, habida cuenta de la invasión anterior, no tenía derecho a elegir nombre esta vez. De todos modos acompañó como de costumbre al Viejo a cumplir con el trámite de inscripción. Por el mes de nacimiento ya se había decidido llamarlo Julio y el segundo nombre correspondería al de uno de los del abuelo materno. Sería Amador o Elías. El que sonaba mejor era Elías y ese fue el elegido. Pero mi abuelo, consecuente con su costumbre, no podía admitir no haber puesto un patronímico a uno de sus nietos, y antes de terminar el trámite, con cara de circunstancias y casi como en un ruego le “sugirió”  que llevara el nombre de su hermano mayor, que se había vuelto a Italia muy joven y del cual nunca más supieron: Aníbal. El viejo no tenía margen de maniobras visto lo que había pasado con el anterior en el que se había obviado el nombre que le correspondía elegir a la Vieja. De modo que salomónicamente agregó al Julio Elías que ya estaba pactado el nombre del susodicho Aníbal. Quedó así nombrado el hasta ahí cuarto hijo, único que lleva tres nombres por lo antedicho: Julio Elías Aníbal. Vendrían otros tres, pero ya no estaría el abuelo Juan para interferir con sus patronímicos.
La muerte repentina del hijo mayor,(Juan Manuel,  el Tío Gordo), desmoronó todo el edificio familiar. Los abuelos no pudieron soportarlo y en términos de un año y medio ambos fallecieron. Yo tenía ocho años más o menos.
Del abuelo Juan es lo que más o menos recuerdo, más que nada por las pocas referencias que me dejó el Viejo. Siempre parco para trasmitirnos sus historias, algo que nunca sabré la razón; y por lo poco lamentablemente que compartí directamente con él. Su muerte temprana me privó de almacenar muchas más vivencias. Cosa que anoto como uno de los déficits que he acumulado en la vida.
Continuará.

¿POR QUE? - MEMORIAS DE UN PERDEDOR


CAPITULO 29

LOS ABUELOS (1)

En las civilizaciones bien organizadas, los ancianos eran la parte medular. Eran el reservorio de experiencia con la cual contaba el grupo para vivir y desarrollarse. La sabiduría que emanaba de esa experiencia de vida era ley no escrita que todos respetaban.
Nuestra moderna y “avanzada” civilización destruyó todo ese andamiaje que en muchas maneras la hizo posible. Hoy los viejos somos una carga social, y terminamos siendo un estorbo, material descartable, como todos los que hemos salido del circuito productivo sin distinciones de edad, pero que seguimos consumiendo por que de ello depende que sigamos vivos.
Este desbarajuste se trasmite en gran medida del ámbito social al familiar. Esta etapa transicional de nuestra civilización lo impone. Quien no produce está destinado a desaparecer, sin importar la edad, o a arrastrar sus últimos años, en el caso de los viejos, después de haber dejado su esfuerzo en construir a esta sociedad que hoy lo excluye, en medio de la miseria.
Otras modificaciones sociales, tales como la cada vez más frecuente maternidad adolescente, han bajado la edad de los abuelos y hoy ser bisabuelos a los 50 o 60 años es cada vez más normal. Los exilios, las migraciones masivas que han desmembrado familias enteras, también han influido en que se haya desdibujado y hasta perdido la figura del abuelo que los de mi generación conocimos. Y ahí andan por el  mundo millones de seres humanos con ese hueco en sus vidas que ya no podrán llenar.
Desgraciadamente todo lo que vamos ganando en tecnología, lo perdemos en humanidad y de seguir por este rumbo nos convertiremos en androides orgánicos y muchos añorarán nuestra época arbórea.
Tuve la suerte de conocer a mis abuelos y disfrutarlos como tales. Aunque mis abuelos paternos murieron cuando yo era muy chico todavía guardo de ellos varios recuerdos. Otro fue el caso de mis abuelos maternos que perduraron más en el tiempo y me dejaron más cosas, pero el detalle de esas vivencias merecen un capítulo aparte.

miércoles, 5 de enero de 2011

¿POR QUE? - MEMORIAS DE UN PERDEDOR




CAPITULO 28

EL DELEGADO (5) FINAL

Ser delegado, de lo que sea, si uno lo pone en su justo término no es nada que deba tomarse a la ligera. A menos de que se carezca de ciertos principios morales que dan sustento a la vida en comunidad de un grupo de personas sin importar la actividad específica de ese grupo. Puede ser un consorcio en  algún edificio de propiedad horizontal, un gremio, una ciudad, un país, el mundo inclusive. Admitiendo el hecho de que todos los seres humanos somos iguales y gozamos de los mismos derechos por el sólo hecho de ser eso, seres humanos, al hacerse más compleja la vida en común, no todo se puede decidir en asambleas de pares que haciendo uso de su poder directamente tomen decisiones que hacen al conjunto  a mano alzada. En ese momento se hace necesario que todo el poder del grupo se concentre en una o varias personas, dependiendo del nivel de complejidad de la organización social. Hace su aparición entonces la figura del o los delegado/s. Los demás integrantes del grupo delegan su poder natural para que sea ejercido por esa o esas personas por un tiempo y situación determinadas. Todo queda dependiendo entonces de cómo maneja ese poder el representante del grupo. Esa es ni más ni menos la función del delegado. En nuestro caso particular más o menos así habían funcionado las cosas. Los sucesos de Ezeiza, primer eslabón visible de una cadena de sucesos que sobrevendrían después, iban a desbarajustar ese orden natural y a meternos en contradicciones serias, de fondo, que hubo que resolver no siempre de la mejor manera para todos nosotros. El enemigo tenía un plan preconcebido y estudiado debidamente, (siempre lo tienen), al que nosotros, por no tener ninguno nos limitábamos a responder,(cuando se podía), a los golpes y de última a tratar de que los golpes lastimaran lo menos posible. Nos encontrábamos claramente en una desventaja no sólo táctica, sino además estratégica. Y pasó lo que tenía que pasar. Se nos vino la noche. Como lo señalé antes, la fuerza que llevaba la voz cantante en Administración era la JTP fuerza que, en conjunto, había “perdido” la batalla de Ezeiza. Y que a pesar de las veladas amenazas de Perón todavía lo consideraban su “líder”, y guardaban la ilusión de que establecer una justicia social que, en sus ilusiones sonaban a socialistas. La consigna “Perón , Evita . la patria socialista”, una de sus consignas centrales,  hablaba muy a las claras hasta que punto llegaba el despiste ideológico, que el mismo Perón les había insinuado un tiempo antes cuando requirió del esfuerzo y la sangre de esa generación que él mismo echara como a perros de la Plaza de Mayo y después diera luz verde para que sus esbirros liquidaran físicamente, tarea que terminó después la dictadura militar. A no creerse que los genocidas nacieron en el 76. Quien  sea que se haya llevado las manos de Perón, las debe tener todavía en remojo tratando de quitarle las manchas de sangre de miles de  argentinos.
Al principio la ofensiva fue suave, como tanteando el terreno. Suspensiones por cualquier causa, traslados de sección tratando de desarmar el humilde aparato político armado por estos compañeros. Empezábamos a pasar más tiempo en la Jefatura de Personal tratando de parar los golpes. Fueron tiempos de una derrota tras otra. Al ser la comisión interna la única facultada para negociar con la patronal y que, por supuesto, era dirigida por y desde el Sindicato, no teníamos nada en que apoyarnos e íbamos a la pelea a pecho descubierto sabedores de antemano que perderíamos. Pero los principios son los principios y, al menos yo, iba a dar la batalla hasta el último tiro.
Cuando arreciaba la tormenta, reuní a los que sabía estaban a la cabeza del movimiento, les puse en conocimiento de cómo se estaba jugando la partida y las cartas que iban a emplear a continuación. Que su amado líder, a quien ellos consideraban todavía un defensor de la clase obrera, les había soltado la mano dejándolos al descampado y sin abrigo y que había que dejarse de joder con la doctrina peronista-marxista que el Viejo les había vendido, y tratar de esbozar alguna estrategia. Que al menos nos permitiera seguir laburando juntos. Cuando menos para darnos tiempo para que lo que en ese momento era una reculada política más menos ordenada, no se convirtiera en una desbandada, donde la consigna sería,¡sálvese quien pueda!. El aparente cabecilla del grupo, haciendo gala de una autosuficiencia suicida, me lanzó un lapidario: ¡te cagaste, tupa!. Te cagaste ante algunas suspensiones y traslados hechos a modo de apriete por la patronal.
Su estúpida filosofía peronista-marxista, no le permitía un análisis más allá de ese horizonte. Ni siquiera cuando lo dije que nada podíamos esperar de la comisión interna, ni mucho menos del sindicato. Y que nuestras atribuciones no iban más allá de ir a charlar con el Jefe de Personal. La mayoría se hizo eco de esa posición. La ruptura era un hecho. Como delegado cumpliría de ahí en más la función del jamón del medio. Por una cuestión personal nada más iba a cumplir con mis principios. Hasta dónde fuera posible y razonable.
La escalada ya casi sin respuesta de parte nuestra siguió. Empezaron los despidos. Obviamente de los “revoltosos”. Con una particularidad. No los despedía la patronal. Lo hacía sólo legalmente, la orden emanaba del sindicato. 24 horas antes recibíamos una llamada del sindicato donde nos decían: mañana despiden a fulano. Hagan la pantomima de la defensa, tómense un café con el Jefe de Personal, a la sazón un tipo muy afable al trato, ya que el cara de vinagre se había muerto, y vigilen que les paguen todo lo que marca la ley. Por obra y gracia de la filosofía peronista, los delegados gremiales pasamos de ser representantes de los obreros ante la patronal a representantes de la patronal ante los obreros. Y empezó el desfile de militantes de la JTP a pasar por caja a cobrar las correspondientes indemnizaciones por despido. Entre ellos había dos muchachos sobrinos de un renombrado dirigente peronista, ortodoxo por supuesto, a quienes estos pibes odiaban. Marcharon igual.
Sentí que mi tarea en esas condiciones no tenía razón de ser.
Presenté la renuncia pero no me la aceptaron lo que me dejó en una posición muy incómoda. Era delegado para llenar formalidades. No era esa mi idea ni de trabajador y mucho menos de un representante de los trabajadores. Tenía eso sí una serie de prerrogativas y pudiera haber tenido más, pero ya se asemejaba a lo que podríamos llamar corrupción. De todas formas, había quedado marcado como “zurdo” lo cual no me auguraba una muy larga carrera. Una tarde un compañero de la interna, me cruzó en la oficina y me tiró la pregunta fatídica: petiso, ¿en que joda andas?. Sabía muy bien lo que en idioma peronista significaba esa pregunta. En tiempos de “limpieza étnica de zurdos y antiperonistas”, era para ponerse a temblar. Porque yo tenía esas dos etiquetas. Aparentando tranquilidad y como jodiendo le respondí: ¿qué joda?. Como dice el General de casa al trabajo y del trabajo a casa. El me miró serio y me dijo sin inmutarse: entonces ¡ojo!, porque estás en  la lista que tiene el sindicato de gente para reventar. Quedé cortando varillas del 12 con el culo. Varios trabajadores habían figurado en esas listas y la Juventud Sindical Peronista y los Comandos de Organización tenían a su cargo depurar esas listas. Estas patotas sindicales paramilitares tenían luz verde e impunidad asegurada para hacer esos “trabajos”. Y lo hacían con mucho empeño. Salí rajando esa tarde a la sede del sindicato y sin mostrar el cagazo interno, medio de prepo volví a presentar la renuncia al cargo; y les espeté que nunca había sido peronista ni lo sería ni me interesaba un carajo un cargo de delegado en esas condiciones. El secretario gremial con quien hablé, no sé si sorprendido por el contraataque, o porque ya desmantelada la base política que me sostenía era totalmente inocua mi presencia, o vaya a saber porque, no sólo rechazó mi renuncia sino que me dijo que a lo mejor era un error el dato que me había pasado el compañero y que por el contrario necesitaban un tipo de mis condiciones dentro de la administración. Que me quedara tranquilo que conmigo no pasaba nada. El olfato me decía que era todo verso. Y que en cualquier momento me la daban. Así por dos meses estuve usando tácticas evasivas, rompiendo todas las rutinas, caminos para ir y venir del laburo, horarios inusuales para todas mis actividades, normalmente rutinarias. No era gran cosa, pero me mantenía alerta.
 No podía vivir así toda la vida. No era vida. Y tomé el único camino que me habían dejado abierto.
La empresa médica encargada de controlar las ausencias no te justificaba un día por enfermedad ni que te estuvieras muriendo. En mi condición de delegado, no recuerdo por que los pedidos para ver al médico los tenía que autorizar el Jefe de Personal. Un viernes a última hora me apersoné al mismo y le pedí un pase para ver al médico porque no me sentía bien. A esas alturas, como no  causaba molestias nuestras relaciones eran hasta cordiales, y me dió el pase sin chistar.  Salí rajando a la empresa médica que, casualmente quedaba a un par de cuadras de mi casa. Entré, presenté el pedido para ver a un médico y me indicaron un consultorio. Habrán pasado dos o tres minutos, cuando me llama el médico y al abrir la puerta me dijo sin siquiera saludarme; ¿cuántos días querés?. De personal habían llamado por teléfono avisando que iba un delegado. Ceo que fue la única vez, y la última que usé las prerrogativas que me confería la “chapa”. Dame una semana por lo menos le contesté. Hizo el comprobante y oficialmente estaba con licencia por “enfermedad” durante siete días.
Todavía soplaban buenos vientos en Argentina. Había pleno empleo y uno se podía dar el lujo de elegir donde trabajar y en que condiciones. Sólo tardé un par de días en conseguir un excelente trabajo y no lo pensé dos veces. Mandé un telegrama de renuncia a la empresa, lo cual automáticamente dejaba sin efecto mi función de delegado y las posibles persecuciones que pudieran haber terminado trágicamente.
 Había hecho un curso intensivo de sindicalismo “a la argentina”. Había aprendido casi todo lo que había que saber sobre Perón y el peronismo. Había aprendido en muy poco tiempo como era la Argentina en general. Y había salido vivo y sin un rasguño. Para quien conoce estos temas no fue poca cosa. Habían pasado casi cinco años de exilio, y ya sabía lo suficiente del terreno que pisaría los próximo 35 años. Comenzaba una nueva etapa con un bagaje de experiencia que a otros no les alcanza la vida para obtener. Salía con una inmensa derrota táctica, pero después aprendí que esa derrota táctica era en realidad una victoria estratégica.

martes, 4 de enero de 2011

¿POR QUE? - MEMORIAS DE UN PERDEDOR



CAPITULO 27

EL DELEGADO (4)

Y llegó al fin el ansiado día, para los peronistas en primer lugar , para la lumpen burguesía principalmente. Volvía Perón a restablecer el orden burgués que corría el peligro de al menos ser sacudido por la lucha de una buena parte del pueblo.
Todo estaba preparado para un recibimiento apoteótico del, para algunos, líder “nacional y popular” que venía a retomar un régimen de justicia social inédito en la historia del país y que fuera interrumpido violentamente en 1955. 18 años no habían sido suficientes, para una lumpen burguesía ineficiente y corta de ideas,  para desmantelar totalmente el andamiaje social que había montado Perón ni para montar en su lugar cualquier otro que, al menos en apariencia, lo mejorara. Por eso, y aunque sonara a derrota, (era en realidad una derrota táctica y no estratégica), fueron a buscar al único que podía hacerlo por las buenas o por las malas. O por las peores también. Que fue lo que sucedió al final, cuando agotados todos los caminos tradicionales y ya sin la figura de Perón, con la orden del imperio y su aval, resolvieron la cuestión tal como algunos sectores recalcitrantes hubieran querido hacerlo en el 55.
En la oficina los muchachos de la JTP organizaron la ida haca el lugar desde donde Perón se iba a reencontrar teóricamente con “su” pueblo. Pueblo que , en general, optó por verlo en televisión. De modo que el recibimiento “popular” se trasformó en un simple acto partidario. Mi compañero delegado hizo una finta digna de Cassius Clay y le sacó el cuerpo a participar en el acto. A mí, que era conciente de por que y para que volvía Perón personalmente me importaba un carajo ir al acto. Además mis compañeros sabían que no era, ni sería jamás, peronista. Pero fuera como fuera, me habían hecho su representante y yo lo había aceptado en todos los términos. Y como por aquello de que los dirigentes irán a la cabeza de las masas o estas marcharán con la cabeza de los dirigentes, tal cual decía Perón, decidí ir al frente de mis “masas”, que por otra parte cabían en un ómnibus. En mi “homenaje”, y supongo como una especie de reconocimiento a mi actitud,  la consigna más coreada era “tupamaros-montoneros – somos todos compañeros.
Salimos muy temprano en la mañana, casi de madrugada. Era tal la multitud cuando llegamos en las primeras horas del día que el ómnibus nos dejó a varios kilómetros, ( hasta el día de hoy se donde nos dejó), del lugar donde se había montado el palco. El entusiasmo era tal y tan contagioso que nadie pensó en la distancia y empezamos a caminar. Llegaban grupos de todos lados y la columna iba creciendo a niveles que nunca había visto antes. Algunos grupos llevaban gente, generalmente emponchada, con bultos que no tenían el aspecto precisamente de bolsos con sándwiches u otras vituallas para pasar el día. Previendo una larga jornada yo llevaba unos refuerzos de milanesas, agua y muchas mandarinas. Fruta ideal porque aparte de calmar la sed llena la panza y te quita la sensación de hambre. Se hizo el mediodía y al paso que íbamos no habíamos recorrido ni la mitad del camino. Los cincuenta locos que éramos íbamos a la cabeza y cada grupo que se unía a la columna nos hacía parar y desgañitarnos gritando consignas de salutación. Cuando me podrí del ritual y me picó el hambre, les dije a mis compañeros que me iba a adelantar para poder sentarme en algún lado a comer y así los esperaría para ir hasta el palco. Como a la hora apareció la columna que ya era una verdadera marea humana. En mi vida vi, hasta ahora ya con unos cuantos kilómetros de marchas sobre el lomo, tal cantidad de gente. Y eran apenas una parte de los que se estaban reuniendo en los alrededores del palco. He escuchado estimaciones que fueron desde un millón a tres millones de personas. Pensándolo en uruguayo, no te cabe en el mate. Es como ver por lo menos a medio país todo junto en un terreno. Pero ahí estaban sin dudas aunque los ojos no lo entendieran. A mis compañeros ya los había absorbido la marea. Venía al frente ahora una enorme pancarta de la JP de La plata. Más bultos debajo de los ponchos y de las camperas de invierno. Mala fariña, pensé para mis adentros. Los cánticos habían subido de tono y eran agresivos para algunos laderos de Perón. Me cruzó como un rayo un presentimiento fulero. Ya había visto algunas muestras de cómo definían los peronistas sus “diferencias ideológicas” y se me hicieron un nudo las mandarinas. Reunirme con mis compañeros era totalmente imposible y decidí acompañar por un costado, a prudente distancia a la columna, ya que no sabía ni donde estaba y por lo menos al palco iba a llegar. Después, se vería.
Cuando llegamos al palco al fin, los de la columna, empezaron un “contrapunto” con los que estaban instalados en el palco. “Contrapunto” que se convirtió en monólogo con cosas como “se va acabar, se va acabar, la burocracia sindical” ; o “Rucci, traidor, saludos a Vandor”. O: “Y ya lo ve, y ya lo ve, es la gloriosa JP”. Curiosamente, desde el palco no contestaban, aunque los miraban con atención. Después me di cuenta por que: los estaban midiendo. Hasta que decidieron ubicarse. Yo me despegué de la columna y elegí para ver lo que pasaba una loma como a trescientos metros de distancia. La columna rodeó al palco por la izquierda y quiso copar las primeras filas. Ese fue el momento que, quienes habían ocupado el palco eligieron para contestar los cánticos. Pero la música era más jodida. Puro silbidos con “cantores” de todos los calibres. Y ahí si que se armó el jodido contrapunto. Empezaron a hablar los bultos que venían debajo de los ponchos y disimulados en las camperas de invierno. Daba comienzo de esa forma, podíamos decir que pública y oficialmente lo que después se bautizó como LA MASACRE DE EZEIZA. 


VISTA DEL PALCO






VISTA DEL PALCO
Después supimos que ya desde la noche anterior había habido algunos intercambios poco amistosos pero no de la magnitud que tomó esa tarde. Estuve viendo algunos videos mientras preparaba este relato y me parecía mentira haber estado ahí ese día. Pero estuve. Ver desbandarse uno o dos millones de personas es algo que sólo habiendo estado ahí se puede uno dar cuenta. Ni siquiera viendo las filmaciones se puede tener una idea acabada de la situación. Tuve que poner en práctica todo lo que me había aprendido en mis tiempos de Cabo de Infantería. Correr agachado como una cucaracha sin levantar la cabeza, por los costados de las lomas sin asomarse, hacer cuerpo a tierra cuando la balacera era más cerrada, en fin, tratar de no ofrecer blanco y alejarme lo más posible del terreno donde se combatía. Con ese método logré llegar a una lomada como a un kilómetro del palco donde había otro grupo que como yo nada tenía que ver con el diferendo interno que se estaba dirimiendo. Serían como las 4 de la tarde y el jolgorio estaba en su apogeo. Tiros, gritos, sirenas de ambulancias que iban y venían por el campo de batalla en que se había convertido el palco y sus adyacencias. El anuncio de que Perón había decidido no venir en medio de este fenomenal quilombo y que había aterrizado en la base aérea del Palomar hizo que amainara un poco la refriega aunque el peligro de ligar alguna bala perdida no desaparecía. En un momento vimos pasar un tipo corriendo como alma que lleva el diablo. Pasó entre el grupo que se había refugiado en ese lugar como si no hubiera nadie loma abajo. Enseguida vimos por qué esa velocidad digna de una olimpiada. Detrás venían corriéndolo como diez tipos. Uno con una gruesa cadena. Lo alcanzaron justo al bajar la loma. Si sobrevivió, seguro que hasta la cuarta generación va a salir con las marcas de la cadena. En eso arreció el tiroteo en el lugar donde estábamos y por enésima vez nos mandamos un cuerpo a tierra. Se formó un círculo y alguien dijo: ¡de acá no entre ni sale nadie!. Yo había quedado adentro. Cuando me dió, aplastado contra la tierra, por mirar la pancarta ésta decía en letras bien grandes E.R.P. 22 DE AGOSTO. Se me frunció el culo la verdad. El ERP era para los burócratas peronistas algo peor que el diablo. Troscos, comunistas, apátridas que querían hacer flamear en el país en vez de la azul y blanca el sucio trapo rojo, y boludeces de es tenor. Dignos de una sola cosa: el exterminio. Ideológicamente estábamos cerca, pero orgánicamente no tenía nada que ver. Suerte que ese día la cosa era entre peronistas lo que de alguna manera nos dejaba afuera del lío. Ya se daría tiempo el fascismo peronista para ocuparse de ellos convenientemente.
Se hizo la noche y el combate decreció. Algún cuete que otro y nada más. Ahora se me presentaba el problema de volver a casa. Si de día no sabía en que planeta estaba, de noche parecía que andaba en otra galaxia. Intenté desandar el camino con la misérrima esperanza de encontrar al ómnibus que nos había traído o cualquier otro que fuera a la Capital. Había más posibilidades de que me llevara un OVNI, pero había que intentar algo de todas maneras. Por ahí escuché que cruzando la ruta pasaba un tren que terminaba en Constitución. Era cuestión entonces de patear hasta encontrar la vía y luego buscar alguna estación. Aunque sea en eso me sonrió el destino ese día. Di, (dimos), con la vía y a pocos metros de la ruta con la estación. Por orden del gobierno se habían mantenido los servicios de trasporte y encima gratis. No hubo que esperar mucho por suerte y poco después estaba en casa a tiempo para ver el discurso de Perón por cadena nacional. No auguraba nada bueno para los que podíamos leer entre líneas y analizar las cosas desde cierta filosofía política. 
Nunca se supo, y supongo no se sabrá,  la cantidad de muertos y heridos que dejó como saldo esa batalla. Perón, en su primer acto en el retorno, había roto una de sus “leyes”. “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”. No sería la última. Se avecinaban para el país entero, peronistas y no peronistas horas aciagas. Su regreso era el primer tajo de las heridas que ya no cerrarán. Pero eso merece un análisis aparte.
Después de Ezeiza iba a venir un pase de facturas tendientes a liquidar cualquier conato de lucha de la clase obrera, peronistas o no, que se opusiera al plan maestro de Perón de meter en cintura al movimiento obrero a efectos de que la lumpen burguesía se reacomodara y cumpliera con más tranquilidad su misión de acumulación de capital.
Nuestra función de delegados pasaría a ser de representantes de los obreros ante los patrones a ser representantes de los patrones ante los obreros vía sindicato. Pero eso merece un capítulo aparte.



lunes, 3 de enero de 2011

¿POR QUE? - MEMORIAS DE UN PERDEDOR




CAPITULO 26

EL DELEGADO (3)

Creo que la reglamentación preveía dos delegados dado el número de empleados. La campaña fue corta y sin muchos trámites. La “fuerza” más numerosa y mejor organizada era la Juventud Trabajadora Peronista, (JTP). Situada a la izquierda del peronismo, confrontaba abiertamente con la burocracia sindical que pertenecía al peronismo ortodoxo y respondía directamente a los lineamientos de Perón. Ellos me candidatearon. Por ideología y nacionalidad me bautizaron “El Tupa”, aunque nada me conectaba a una organización que incluso ya había sido derrotada militarmente. Pero me quedó el mote y de ahí en más fui simplemente el tupa. El otro candidato lo propuso la Comisión Interna, conformada solamente por obreros de fábrica y que respondía totalmente a las autoridades del sindicato. Un muchacho muy macanudo, que no tenía ninguna militancia política ni sindical, pero que en razón de la sección donde trabajaba también tenía mucho contacto con la parte fabril. No recuerdo si hubo más candidatos y creo que yo saqué la mayoría de los votos aunque tampoco estoy muy seguro ni hace demasiado a la cuestión. Sé que una vez realizado el escrutinio y llenadas las formalidades burocráticas del caso quedamos instalados con anuencia tanto del sindicato como de la patronal como delegados oficiales del sector Administración. Jerárquicamente estábamos por debajo de la Comisión Interna que era la habilitada para discutir cualquier problema que se gestara entre obreros y patrones, pero el sindicato asumió el compromiso de incorporar a uno de nosotros a la Comisión Interna ni bien llegara el tiempo de elegir una nueva por agotamiento de su mandato. Las circunstancias políticas que se precipitaron en el país dejaron en aguas de borraja la idea. Pero no adelantemos el fin de la historia, que resultó muy significativa, al menos para mi experiencia política, hasta ese momento exclusivamente teórica. Para empezar quedamos comprendidos dentro de la inmunidad que nos proporcionaba nuestra condición de dirigentes gremiales. Esto era así por la modificación que se había introducido en la ley de asociaciones profesionales. Era una inmunidad tal cual la parlamentaria. No podríamos ser detenidos por la policía al menos de ser atrapados en in fraganti delito, o sea con las manos en la masa, y para poder detenernos o iniciarnos alguna causa judicial debería el sindicato desaforarnos previamente. Eso en lo general. En la empresa podíamos hacer uso de permiso gremial y andar todo el día si hacía falta fuera de la sección donde pertenecíamos “consultando” ya sea con la Comisión Interna, entre nosotros o con compañeros que nos presentaran alguna consulta sobre algún problema. Acostumbrados a un sistema casi esclavista, al menos en mi caso, que tenía un jefe que nos controlaba hasta cuantas veces íbamos al baño, mi desquite no se hizo esperar y le hacia la vida imposible vagando todo el día, ahora reglamentariamente. Fueron días de gloria. El sabor del poder es insustituible y la sensación de omnipotencia insuperable, sobre todo ejercida contra quien se había pasado verdegueándome tanto tiempo creyéndome un ser inferior sólo por mi posición en el escalafón.  Quizás por eso sea que el poder al final corrompe si uno no tiene el suficiente equilibrio moral.
Todo lo bueno dura poco. Por los canales correspondientes la queja llegó al mismísimo sindicato y se llegó a un acuerdo en cuanto a los “permisos gremiales”. Se inventó un pequeño formulario que imprimió la misma imprenta que tenía la empresa donde se debía dejar constancia de la hora de salida de la sección y la hora de salida de la sección adonde un compañero nos llamara por algún problema certificada por el jefe de dicha sección. Aunque `protestamos por el acuerdo que se había hecho a nuestras espaldas, (después se harían muchos otros y más importantes entre sindicato y patronal), aduciendo que se coartaba la libertad gremial, tuvimos que adaptarnos a las nuevas circunstancias. Como el contexto político daba para que los sindicatos tuvieran carta blanca para cualquier despropósito mientras no contradijeran los lineamientos partidarios, seguimos pidiendo licencia gremial y fueron tanto los papeluchos a firmar que hubieran necesitado abrir una nueva sección para que llevaran el control de los mismos con que al tiempo cayeron por su propio peso en desuso y volvimos a la de antes. Pero no todo era vagancia pura. También le dimos un importante impulso a la organización de los trabajadores. Realizábamos asambleas en horario y lugares de trabajo, por sección y generales donde todos se expresaban entre descreídos y extrañados. Los más viejos en la empresa apenas recordaban alguna oportunidad de esas y nosotros la practicábamos con asiduidad. Así logramos que se empezara a reclamar por diversas reivindicaciones. Algunas se lograron por medio de la acción directa. Logramos parar varias veces en pocos meses ya sea secciones o la generalidad de Administración. Sindicato y patronal pararon las orejas. No  podían creer que dos tipos casi desconocidos, sin experiencia previa hubieran logrado tamaña movilización después de muchos años de letargo. Nuestras acciones iban en alza permanente. Estuvimos en un tris de tomar la empresa, fábrica y administración. Los planes ya estaban delineados en el sindicato e incluso nos aseguraban las armas necesarias. Se estaba pergeñando a nuestras espaldas todavía el famoso Pacto Social y la CGT quería llegar a esa discusión desde una posición de fuerza que le asegurara alguna ventaja y era común la toma de fábricas y lugares de trabajo. Por suerte no llegamos a esas instancias. Más tarde nos enteramos que el tremendo problema gremial era el traslado de una compañera de la sección laboratorio donde aparte de no servir para gran cosa se rascaba el higo gran parte de su jornada laboral. Pero tenía una particularidad que le daba cierta importancia. Mantenía ciertas relaciones extralaborales con un compañero de la Comisión Interna que, caballero andante, defendía el honor de su dama y sus pocas ganas de trabajar. Puede que parezca un despropósito pero esa seriedad tenía a veces la “lucha” de los trabajadores.
Por cuestiones de reglamentación y jerarquías no podíamos participar en ninguna negociación directa con la patronal. Pero dado el vuelo que habíamos tomado y el prestigio ganado, en una reunión donde se iban a tratar temas que hacían a los empleados de administración y habida cuenta de que los miembros de la Interna no estaban al tanto adecuadamente del convenio colectivo en esa parte, fui invitado, con la anuencia de la patronal, a participar de una de esas discusiones. Por los patrones concurría el Jefe de Personal. Un viejo déspota y avinagrado que si el convenio lo hubiera autorizado a usar el látigo en la empresa lo hubiera hecho con mucho gusto. Por suerte al tiempo el Señor lo llamó a disfrutar de su morada. Según reza el dicho sólo se lleva a los buenos. Si eso es cierto esta vez se equivocó feo.
En algunas cosas acordamos, en otras no y quedó para estudiarla por su parte y darnos una respuesta posterior. Pero cuando llegamos al capítulo que hablaba de las categorías del escalafón donde se especificaban que función debería cumplir cada empleado nos topamos feo. No recuerdo el texto pero sí que había una coma que dependiendo de como él la leía, dejaba fuera de esa categoría a un montón de compañeros que, cumpliendo tareas de esa categoría no podían acceder a ella. Discutimos largo y tendido por esa coma y su forma de interpretarla era tan retorcida que no se podía sostener frente al análisis idiomático y ni que hablar del espíritu de quienes había redactado el convenio. Acorralado no tuvo mejor idea que pedirle a los de la Interna sus pareceres. Aún con sus pocas luces intelectuales, todos apoyaron mi interpretación. Ahí terminó la discusión y la reunión. Se fue sin siquiera saludarme aunque fuera por cortesía. Como esta era una reunión oficial, la empresa se vió en la obligación de reinterpretar el convenio colectivo en lo que hacía a las categorías con lo que muchos compañeros que por años estuvieron postergados fueron encasillados como correspondía con la consiguiente mejora salarial. Tiempo después un compañero de la Interna, me confió que en una reunión posterior el Jefe de Personal les dijo (por mi): “a ese no lo traigan más.” Cuando se corrió la bola de cómo había sido lograda esta reivindicación, a la hora del almuerzo se hizo una asamblea espontánea donde fuimos aplaudidos. Como representantes de nuestros compañeros ante los patrones, habíamos logrado lo que en años nadie lo había intentado siquiera. Estaban presentes un par de compañeros de la Interna que, a partir de ese día, empezaron  a mirarnos de reojo. Estábamos en la cima. Pero todo lo que sube tiende en algún momento a bajar. Acontecimientos políticos que no dependían de nosotros nos iban a arrastrar a un peligroso tobogán, Pero esa es otra historia.