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lunes, 10 de enero de 2011

¿POR QUE? - MEMORIAS DE UN PERDEDOR



CAPITULO 33

LOS ABUELOS (5)


Tata aparece en mis recuerdos cuando hacía muchos años ya se había divorciado de Mama y abandonado a su suerte a la familia compuesta en ese momento de mujer y cuatro hijos. En ese tiempo vivíamos en la misma casa de la calle Fray Bentos con Mama y los tíos (Baba, Perusa y Chito). A pesar de estar separados no tenía restricciones de ningún tipo para visitarnos cuando quería. Si bien las relaciones no eran amistosas, tampoco era demasiado conflictivas y podía ejercer sus derechos de abuelo sobretodo porque yo era el primogénito.  Teníamos un patio enorme en la casa y los domingos se tendía una mesa larga alrededor de la que se reunía la familia, excepción hecha de la familia del Viejo. Quien no conociera ciertos entretelones, y yo no los conocía entonces con mis tres o cuatro años, solo veía una familia unida que aprovechaba para reunirse alrededor de la mesa familiar el día que todos estaban lejos de sus ocupaciones cotidianas. Para quienes la conocieron años después parecía la mesa de los Campanelli, queribles personajes de la televisión. Tata era oriundo de San José, capital del departamento del mismo nombre en el interior del Uruguay. Maragato, que así se los denomina  a los oriundos de ese departamento; canario en general, que así se llama a todos quienes no han nacido en Montevideo. A pesar de ser capital del departamento, San José es un pueblo chico y la familia de mi abuelo ampliamente conocida basado en el hecho que en el Uruguay somos pocos y nos conocemos. Lo comprobé casi 20 años después cuando por cuestiones fortuitas visité por primera vez San José. En la primera casa que paramos bien en las afueras del pueblo para que nos indicaran como llegar al centro, se me ocurrió preguntarle al gaucho que amablemente nos dio las indicaciones del caso, si conocía a la familia de mi abuelo. Con más precisiones que una guía de calles nos dijo exactamente  donde vivían y como hacer para llegar y a pesar de no conocer nada del lugar llegamos como si hubiéramos ido toda la vida. Allí me reencontré con la prima Olga que cuando éramos gurises chicos y ella trabajaba como doméstica en el almacén donde hacíamos las compras, nos llevaba un domingo a mí y otro a Mario a la matinée del Trafalgar ya que llevaba también a los dos gurisitos del patrón y uno de nosotros iba de colado. Eran cuatro películas y para nosotros eran domingos de gloria, ya que nuestra situación económica hacía prohibitivo ese entretenimiento.
20 años después de ese episodio, vuelto de nuevo al exilio en Buenos Aires con otra derrota a cuestas y sin un mango para variar, estuve mientras buscaba acomodarme, durmiendo más de un mes en el hotel mil estrellas con mi bolsito de almohada. Era un crudo invierno y si teníamos suerte, éramos muchos los que el sistema democrático había ya excluido de la producción, y si no nos corría la cana ,dormíamos al abrigo de alguna estación de trenes o de subte. Un compañero uruguayo, de Mercedes él, militaba en un partido político. Íbamos a las reuniones para no pasar tanto frío más que por la ideología. La verdad sea dicha honestamente. A veces ligábamos algún choripán y una gaseosa o un vaso de vino lo que para nuestra miserable condición era todo un festín que nos daba un poco de fuerza para salir a trotear al día siguiente buscando el morfi diario. Por “seguridad” tenían a un muchacho que cuidaba el local cuando, acabada las reuniones partidarias el local quedaba deshabitado. Le daban una piecita en el altillo a cambio. Era un muchacho joven, del cual conocí solo el apodo: “El Oso”. Resultó ser de San José. Cuando le dije que mi abuelo también era de San José, me dijo que conocía a toda la familia. E incluso había jugado al fútbol en el mismo cuadro de barrio que un sobrino del abuelo. A partir de ahí me brindó su solidaridad y muchas de las crudas noches de invierno , cuando el local se desocupaba.  volvía medio furtivamente para no complicarle la vida y su trabajo de cuidador y por lo menos dormía bajo techo, con una estufa y encima me daba un baño y desayunaba con él a la mañana. Todavía quedaban gauchos en la pampa. Como ven, el telar de la historia no desperdicia ninguna hilacha.
Pero volvamos al abuelo Tata. Se “casó” con Mama tal como se estilaba en la época. Sin protocolos, certificados y los cien trámites burocráticos que hoy nos atormentan, que pueden llegar a ser premonitorios del suplicio que viene después de tanto trámite. Era soldado de un regimiento de caballería, creo, y en ese tiempo, por razones militares andaban un tiempo en cada guarnición del país. Así fue que, tuvieron sus hijos mientras el anduvo en la milicia, como dice el dicho: de cada pueblo un paisano. Fueron ocho y creo que exceptuando a la Tia y a la Vieja que vinieron cuando  había abandonado el servicio y ya se habían afincado en Montevideo. Solo cuatro sobrevivieron y llegaron a la edad adulta. El Tío Baba, el mayor, el Tío Chito, la Vieja y la Tia Perusa, en orden a las edades. Me han sido trasferidos pocos datos de esa época. Parece ser que los pactos de silencio hacia las nuevas generaciones se cumplían, especialmente si los sucesos a mencionar no eran como para festejar y si por el contrario era mejor olvidarlos por nefastos. Al menos los que llegué a saber eran todos sucesos que dejaban un sabor muy amargo, como todos los que dejan los que ocurren a quienes hoy llamaríamos indigentes. Pobreza mezclada con ignorancia no dejan huellas que uno pueda y quiera lucir. Según supe Tata era buscavidas y con sus changas más algo que arrimaba la abuela arrastraban como podían su pobreza crónica. Un episodio que me contó la Vieja, ya casi al final de su vida, es el que más me ha impactado. Había fallecido uno de los chicos en el hospital de niños en Montevideo. Tata estaba sólo esperando el desenlace. Con apenas unas monedas para el boleto del tranvía, no tenía como encargar a una empresa de pompas fúnebres se hiciera cargo de los trámites habituales en estos casos. De modo que cuando le entregaron el cuerpito del hijo muerto envuelto en una frazada, todo lo que pudo hacer fue volver a su casa y ver que hacer. Miles de veces he intentado tratar de meterme en sus zapatos y en su mente para tratar de pensar y sentir todo lo que debe haber pasado en ese viaje de tranvía. Dolor, tristeza, bronca, rebeldía contra la impotencia de la situación. O todo mezclado.  No creo que hicieran falta los elementos políticos, teóricos y prácticos que hoy manejamos, y que quizás nos den una explicación,  para sentir como simples seres humanos esa tragedia. No valen en esos momentos. La solidaridad de los vecinos hizo posible darle sepultura, al menos dignamente. Leyendo la biografía de C. Marx encontré que le pasó algo idéntico con uno de sus hijos chicos. Dos hombres, dos familias diametralmente opuestas, metidas en el mismo trance. ¿Casualidad?. Puede ser.
Vivieron en pareja, para usar un lenguaje moderno,  más o menos 30 años con vicisitudes de todo tipo y color. Hasta que el Pepe Batlle, presidente de la Republica resolvió ordenar de una buena vez la sociedad. Debieron regularizarse las uniones de hecho mediante el matrimonio, ahora debidamente registrado, y registrar los hijos nacidos de esas uniones y de ahí en más a todos los recién nacidos. Era parte de una política de estado destinada a planificar otras políticas sociales que el Viejo había visto en la Europa socialdemócrata de principio de siglo y quería implantar en Uruguay. Cosa que hizo y por muchos años fuimos pioneros en toda Latinoamérica en lo que se refiere a legislación social. Hasta fuimos llamados la  Suiza de América. Lástima que después se dio lo que dijo un mamao, que suelen decir la verdad por la falta de inhibición que les da el alcohol. Estábamos en un acto partidario en un club del barrio muchos años después con Batlle ya desparecido, y el fogoso orador soltó la poética frase: “porque Batlle encendió la luz en los caminos”; y sin darle tiempo a redondear ninguna idea el mamao le pegó el grito : ¡Y USTEDES , PUF…LA APAGARON!.  Pocas veces escuché un análisis tan veraz y de tanta profundidad teórica. Doy fe.
Y ahí marchó mi abuelo, junto con el Uruguay al casorio y registro de los hijos. Lo anecdótico fue que, poco tiempo después, la pareja que se había mantenido en pie contra viento y marea se disolvió y terminó tiempo más tarde haciendo uso de otra herramienta legal que había impulsado el gobierno: el divorcio vincular. El abuelo al parecer tenía dos condiciones que no son demasiado compatibles con un matrimonio más o menos normal: la caña y las mujeres.
No supe nunca, porque no me lo dijeron, cuando donde y por que; pero ese cóctel peligroso en algún momento hizo explosión de la cual Tata y la familia salieron disparados cayendo en lados opuestos. No vale la pena entrar en detalles, sobretodo porque cuando una familia se desguaza de esa forma quedan heridas, huellas, mataduras que marcan para siempre sin importar si hay un culpable o siquiera si hay una culpa a quien endosar. Lo aprendí después de muchos años con mi experiencia personal.
Traer al presente recuerdos puede llegar a ser tarea insalubre para el que se encarga de la tarea. No sólo por lo que queda registrado, parte infinitesimal de un todo abrumador que aparece con total nitidez, sino por el millón de recuerdos que surgen como fantasmas de un pasado que de pronto y por leyes de la cuántica quizás, se torna presente con toda su crudeza y la maldita certidumbre de que “al volver la vista atrás, se puede ver el camino que ya no se ha de pisar” parafraseando a Machado.
De  modo que voy a suspender por aquí nomás para tomar envión y seguir tratando de revivir aunque sea por un instante el pasado. Hasta la próxima pues.

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