Vistas de página en total

viernes, 14 de enero de 2011

¿POR QUE? - MEMORIAS DE UN PERDEDOR

MAMA VIEJA

CAPITULO 37


LOS ABUELOS (9)


“Nunca se llamó dotor, pues se curaba con yuyos
O escuchando los murmullos de un estilo de mi flor”.
Coplas del payador perseguido.
Atahualpa Yupanqui.

Así funcionaba la cosa con Mama. Mientras éramos gurises y ya de grandes. Era una especie de chamán yuyero de la familia. No se necesitaban antibióticos, vacunas ni nada de esos “adelantos científicos” que, convertidos en un gigantesco comercio mundial, solo comparable al tráfico de drogas, nos atosiga y atosigamos a nuestros vástagos. Tenía un yuyo siempre a mano para casi todas las dolencias y ante cualquier problema corríamos a ver que decía y nos recetaba Mama. Unto sin sal, hojas de tártago, marcela, manzanilla, boldo, palma imperial, eucaliptos, salvia, carnicera, yerba del pollo, mercurio, eran las panaceas vegetales que nos mantenían alejados de  la mayoría de los males que hoy provocan grandes gastos en médicos, análisis, radiografías, ecografías y demás parafernalia sanitaria. Por suerte no se habían inventado virus y bacterias que tanta ganancia dejan hoy día a la industria del medicamento y a los médicos pagados por esa misma industria para fabricar enfermos crónicos que deban consumir medicamentos durante toda su vida que probablemente para eso alargan, y muestran después como un adelanto de la ciencia. Si el mal excedía la capacidad curativa de los yuyos, tales como el mal de ojo, la paletilla caída, una culebrilla medio rebelde, la pata de cabra o algún tipo de daño, se recurría a un/una especialista: la curandera, que dependiendo de la magnitud de la dolencia, con una o más sesiones de santiguados y oraciones nos dejaba como nuevos.  Y si uno era devoto de algún santo medio milagroso, unos rezos no estaban demás y reforzaban los conocimientos científicos. Recién a partir de ahí, si no había resultados favorables se recurría a los médicos. Que comparados con los de hoy eran verdaderos sabios. Pero, al menos de gurises requeríamos los servicios chamánicos de Mama, y no nos ha ido tan mal.
Producido el “conejazo”, a los pocos días Mama consiguió una casucha en Cno. Carrasco entre Pirán y Aguacero. Yo estaba tan apegado a Mama que decidí, pataleta y llanto histérico mediante, irme a vivir con ella. Así que contrató un flete, (jardinera con caballo), junté una pocas cacharpas y me fui con Mama dejando la casa paterna. De querer obligarme por la fuerza a quedarme, se corría el riesgo de producir otro relajo, a lo mejor más grande, y el Viejo cedió a regañadientes. Téngase en cuenta que yo tenía apenas tres o cuatro años, de modo que la situación era para volver loco al mismísimo Freud con todas sus boludeces. Hicieron falta quince días de visitas diarias del Viejo y la Vieja y la opinión de Mama para convencerme de que, fuera como fuera, mi núcleo familiar eran el Viejo y la Vieja, y a él pertenecía. De modo que cual tratativa digna de un conflicto bélico de mediana intensidad, decidí, no muy convencido, volver a la casa paterna y dejar que la vida adquiriera algún viso de normalidad.
Después de unos años de la diáspora, las aguas parecieron aquietarse y volvimos a vivir juntos en la casa de Camino Carrasco, un buen tiempo.
Hasta que la aparición de los viejos resquemores familiares, forzaron otra separación, esta vez al menos no traumática. Cada quien tomó un camino diferente y ya. Mama, la Tía y el Tío Baba se mudaron a unas cuadras, (Cno. Carrasco y 20 de Febrero), y nosotros nos mudamos a Oficial 8 y Veracierto. No estábamos muy lejos geográficamente, pero cada uno siguió un camino  independiente.  Yo ya había entrado en la adolescencia y consideraba que mis propios problemas eran los realmente importantes y que los desaguisados familiares eran cosa del pasado. Aunque de tanto en tanto teníamos alguno, como para no perder el entrenamiento, me resultaban secundarios y hasta anecdóticos a veces. A pesar de todos los pesares creo que nunca rompí esa especie de cordón umbilical que me unía a Mama.
Voy a saltar deliberadamente unos cuantos años en el tiempo, hasta el momento en que, tal como lo dice la canción, le dije adiós con la mano y la dejé con tristeza en la puerta del rancho. Y me marche con mi bagaje de sueños. Alguno que otro se cumplió, muchos quedaron por el camino como mojones de otros tantos fracasos. Otros definitivamente fueron descartados. Aparecieron nuevos sueños de los cuales también se pudo cumplir con algunos, muchos fracasaron, pero a diferencia de los originales hay otros que se cumplirán aun cuando yo no esté, porque son sueños colectivos en los cuales hemos puesto todo el esfuerzo junto a otros que han tenido el mismo sueño.
La vida me dio el changüí, al menos por un tiempo, de dejarme volver al pago, y al rancho de Mama, ahora si Mama vieja.
Volví a disfrutar de sus viejas historias que parecían nuevas cada vez que las contaba. De sus mates de té y yuyos. De conversar de sus recuerdos; de compartir sus silencios. De sus chistes y porque no de alguna de sus cabronadas, ya que como el zorro, podía perder el pelo pero no las mañas. Tenía una inveterada costumbre por  poner sobrenombres a todo el mundo. Un día me “rebautizó”: Kun Fu. Por el personaje de la televisión. Porque siempre andaba desarrapado, con un bolsito terciado a la espalda con alguna cacharpas necesarias y siempre caminando. De aquí para allá, porque sencillamente no tenía una moneda para el ómnibus. Pero tenía piernas fuertes como para realizar las tareas que me permitían perseguir ese sueño todavía incumplido.
Así como siempre hay una primera vez para todo también existen las últimas veces. No puedo precisar el momento exacto, pero hubo ciertamente un último adiós con la mano y de nuevo la tristeza de dejarla en la puerta del rancho.
Viajaba una tarde en el colectivo para hacer no recuerdo que trámite ya vuelto al exilio, cuando de pronto estalló en mi cabeza, como si tuviera puesto audífonos y un walk-man, esa zamba: MAMA VIEJA. Sin importarme de la gente, se me llenaron los ojos de lágrimas. La nostalgia sumada a la distancia pensé para mis adentros cuando paró la música. Y no le di más trascendencia al asunto. Cuando volví esa noche a casa me esperaba la noticia: Mama se había marchado. Por prevista no fue menos dolorosa. Su cuerpo y su mente habían dicho basta hacía ya un tiempo. Sólo quedaba su corazón. Hasta que el se unió al cuerpo y la mente y juntos decidieron probar suerte en otra dimensión. Pero este final, lógico, dadas la edad y las penurias soportadas, aunque parezca contradictorio no fue tal.  Algunos años después, estando de vacaciones y compartiendo unos mates de té con la Tía, la conversación derivó casi sin querer al recuerdo de Mama y sus cosas. En un momento, como un comentario más me dijo la fecha y la hora exacta en que Mama se había marchado. Fue como si me hubieran dado un mazazo en la frente. El día y la hora coincidían exactamente con el día y la hora que de pronto y sin siquiera pensarlo sonó en mi cabeza la mentada zamba. Cuando le dije lo que me había pasado nos quedamos en respetuoso silencio, como si ella anduviera por allí todavía.
Sin duda se despidió de mí aquella tarde con algo que nos era tan común.            
                         “YO SE QUE POR LAS NOCHES
                       DESDE UNA ESTRELLA ME MIRA;
                       USTED SE FUE MAMA VIEJA
                       Y MI ALMA LLORA Y SUSPIRA.
                       MAMA VIEJA, YO LE CANTO DESDE AQUÍ
                       ESTA ZAMBA,
                       QUE UNA VEZ LE PROMETI.
                       ZAMBITA HAI SER LA PRIMERA
                       PA QUE SE ACUERDE DE MI.”
Nuestras dimensiones se volvieron a cruzar fugazmente años después, pero eso es otra historia.

No hay comentarios: